
En el silencio de la noche, el monasterio permanecía tranquilo y ni los grillos, prolíficos en su canto durante el verano, osaban romper aquella calma. En su lecho dentro del monasterio, el prior Rogelio hacía ya unas horas que se había dormido, pero no estaba descansando. Al menos quién lo hubiera visto removerse entre las sábanas sabría que en su sueño él estaba viviendo una experiencia que lo excitaba sobremanera. Una experiencia que tuvo lugar años atrás y tan real que podía sentir en aquel momento el calor del Sol sobre su piel y el aroma de la tierra que él mismo cultivaba embriagando su olfato. El jardín florecía y daba sus generosos frutos ante sus atentos cuidados… Los de él y los de Efigenio, el hombre que podía ver salir en aquel momento de la iglesia mientras él espiaba entre las ramas de un frondoso árbol. El sacerdote, un hombre delgado y moreno, apenas cumplía una treintena de años y sin embargo su rostro era el de una persona que había vivido las experiencias de más de una generación, o al menos eso pensaba Rogelio. Pero no era admiración lo que sentía, sino envidia. Envidia por haber conocido el nuevo mundo mientras él tenía que vivir en una España en decadencia, envidia porque con treinta años había encontrado lo que posiblemente fuera una reliquia que le diera la fama, y hasta tenía envidia de su erudición, motivo por el cual había llegado a odiar las plantas que sin embargo con tanto esmero cuidaba a las ordenes de Efigenio. Cuando por fin este se introdujo de nuevo por la puerta lateral de la iglesia Rogelio aprovechó la oportunidad y cortó una de las frutas del árbol tras el que se escondía. Era una pieza parecida a las peras, pero algo más grande y de distinto color. Él sabía bien lo que hacía, conocía las historias que contaba el sacerdote sobre aquella fruta, sobre sus efectos mortales. Con ella bajo la túnica se introdujo en la iglesia. Asomado desde la sacristía veía en ese momento a Efigenio abrir el cofre que guardaba aquella madera que había traído desde las Américas. Era alargada, pero no mediría mucho más de veinte centímetros y estaba muy ennegrecida, pero aun así podía leerse una inscripción en latín que tenía a un costado. Esta rezaba: “La cruz del calvario”. Rogelio volvió a la sacristía. Sobre una mesa de madera preparaba el desayuno para ambos. Pero entre las frutas partidas y peladas para su maestro había depositado las del Pyrus somnis. En ese momento resonó en sus oídos la voz del cardenal, un poderoso señor portugués afincado en Brasil. El extranjero le había prometido sus favores a cambio de devolverle la supuesta pieza de la cruz que Efigenio había encontrado en su territorio. Y esa era una oferta muy tentadora para alguien muy ambicioso. Nada más esconderse en la túnica los restos de la fruta para que Efigenio no sospechara notó que una sombra se abría paso entre los árboles del jardín. Roldán llegaba puntual a la cita. Rogelio suspiró; aunque era un joven decidido en aquel momento, antes de cometer un asesinato, le faltaban fuerzas, y la sola presencia de su compinche ya le animaba.
“Rápido” le dijo Rogelio en un susurro a su compañero cuando este se encontraba en el marco de la puerta. “Es ahora o nunca… Si la gente se entera de lo de esa reliquia ya no podremos quitársela.” En ese momento Rogelio se dio cuenta de la completa quietud de su compañero. Se volvió hacia él pero no pudo verle el rostro porque este quedaba oculto bajo una caprichosa sombra. Rogelio se le acercó lentamente. Un temor incomprensible estaba germinando en su pecho, ahogándole los pulmones y paralizando sus músculos. Atraído sin remedio hacia la extraña presencia de Roldán el joven dio un paso, otro más, y cuando por fin llegó al umbral de la puerta vio con horror a su compañero. Estaba pálido, con los ojos abiertos de forma desmesurada y los labios morados como los de un muerto.
En su habitación, en el segundo piso del monasterio, el prior Rogelio despertó entre sollozos de su pesadilla. Sus piernas temblaron al ponerse de pie para abrir las cortinas. El Sol comenzaba a salir por el llano horizonte castellano tiñendo el cielo de nuevo de azul y devolviendo a su vez la calma al prior. Enseguida achacó su pesadilla a las absurdas alucinaciones que había estado viviendo Roldán y sonrió alegrándose de que aquel sueño fuera solo eso, un sueño.
Iba a volver a la cama cuando distinguió a través de la ventana una mancha de polvo levantada en el camino. Un carro venía en dirección al monasterio, y aunque aquello no tuviera nada de extraño Rogelio se le quedó mirando. Al poco de acercarse estuvo seguro de que se trataba del carro de Roldán.
-Espero que no me venga a contar otra vez una de sus historias de que le persiguen los fantasmas – se dijo en voz alta. – Acabará contagiándome sus pesadillas.
Continúa.






