miércoles 2 de mayo de 2007

El árbol del sueño (parte 16)



      En el silencio de la noche, el monasterio permanecía tranquilo y ni los grillos, prolíficos en su canto durante el verano, osaban romper aquella calma. En su lecho dentro del monasterio, el prior Rogelio hacía ya unas horas que se había dormido, pero no estaba descansando. Al menos quién lo hubiera visto removerse entre las sábanas sabría que en su sueño él estaba viviendo una experiencia que lo excitaba sobremanera. Una experiencia que tuvo lugar años atrás y tan real que podía sentir en aquel momento el calor del Sol sobre su piel y el aroma de la tierra que él mismo cultivaba embriagando su olfato. El jardín florecía y daba sus generosos frutos ante sus atentos cuidados… Los de él y los de Efigenio, el hombre que podía ver salir en aquel momento de la iglesia mientras él espiaba entre las ramas de un frondoso árbol. El sacerdote, un hombre delgado y moreno, apenas cumplía una treintena de años y sin embargo su rostro era el de una persona que había vivido las experiencias de más de una generación, o al menos eso pensaba Rogelio. Pero no era admiración lo que sentía, sino envidia. Envidia por haber conocido el nuevo mundo mientras él tenía que vivir en una España en decadencia, envidia porque con treinta años había encontrado lo que posiblemente fuera una reliquia que le diera la fama, y hasta tenía envidia de su erudición, motivo por el cual había llegado a odiar las plantas que sin embargo con tanto esmero cuidaba a las ordenes de Efigenio. Cuando por fin este se introdujo de nuevo por la puerta lateral de la iglesia Rogelio aprovechó la oportunidad y cortó una de las frutas del árbol tras el que se escondía. Era una pieza parecida a las peras, pero algo más grande y de distinto color. Él sabía bien lo que hacía, conocía las historias que contaba el sacerdote sobre aquella fruta, sobre sus efectos mortales. Con ella bajo la túnica se introdujo en la iglesia. Asomado desde la sacristía veía en ese momento a Efigenio abrir el cofre que guardaba aquella madera que había traído desde las Américas. Era alargada, pero no mediría mucho más de veinte centímetros y estaba muy ennegrecida, pero aun así podía leerse una inscripción en latín que tenía a un costado. Esta rezaba: “La cruz del calvario”. Rogelio volvió a la sacristía. Sobre una mesa de madera preparaba el desayuno para ambos. Pero entre las frutas partidas y peladas para su maestro había depositado las del Pyrus somnis. En ese momento resonó en sus oídos la voz del cardenal, un poderoso señor portugués afincado en Brasil. El extranjero le había prometido sus favores a cambio de devolverle la supuesta pieza de la cruz que Efigenio había encontrado en su territorio. Y esa era una oferta muy tentadora para alguien muy ambicioso. Nada más esconderse en la túnica los restos de la fruta para que Efigenio no sospechara notó que una sombra se abría paso entre los árboles del jardín. Roldán llegaba puntual a la cita. Rogelio suspiró; aunque era un joven decidido en aquel momento, antes de cometer un asesinato, le faltaban fuerzas, y la sola presencia de su compinche ya le animaba.
      “Rápido” le dijo Rogelio en un susurro a su compañero cuando este se encontraba en el marco de la puerta. “Es ahora o nunca… Si la gente se entera de lo de esa reliquia ya no podremos quitársela.” En ese momento Rogelio se dio cuenta de la completa quietud de su compañero. Se volvió hacia él pero no pudo verle el rostro porque este quedaba oculto bajo una caprichosa sombra. Rogelio se le acercó lentamente. Un temor incomprensible estaba germinando en su pecho, ahogándole los pulmones y paralizando sus músculos. Atraído sin remedio hacia la extraña presencia de Roldán el joven dio un paso, otro más, y cuando por fin llegó al umbral de la puerta vio con horror a su compañero. Estaba pálido, con los ojos abiertos de forma desmesurada y los labios morados como los de un muerto.

      En su habitación, en el segundo piso del monasterio, el prior Rogelio despertó entre sollozos de su pesadilla. Sus piernas temblaron al ponerse de pie para abrir las cortinas. El Sol comenzaba a salir por el llano horizonte castellano tiñendo el cielo de nuevo de azul y devolviendo a su vez la calma al prior. Enseguida achacó su pesadilla a las absurdas alucinaciones que había estado viviendo Roldán y sonrió alegrándose de que aquel sueño fuera solo eso, un sueño.
      Iba a volver a la cama cuando distinguió a través de la ventana una mancha de polvo levantada en el camino. Un carro venía en dirección al monasterio, y aunque aquello no tuviera nada de extraño Rogelio se le quedó mirando. Al poco de acercarse estuvo seguro de que se trataba del carro de Roldán.
      -Espero que no me venga a contar otra vez una de sus historias de que le persiguen los fantasmas – se dijo en voz alta. – Acabará contagiándome sus pesadillas.


Continúa.

jueves 19 de abril de 2007

El árbol del sueño (parte 15)




      La dama de llaves, haciendo honor a su nombre, le entregó la del despacho del conde al mayordomo y este abrió la puerta sin perder un instante. La habitación era grande y cuadrada, amueblada con una librería en la pared izquierda, una larga mesa de escritorio al fondo delante de una ventana, y una chimenea en la pared derecha sobre la que colgaba un cuadro con un paisaje natural pintado. Dentro yacía un cuerpo boca arriba, el de un hombre alto y atlético, de unos cincuenta años y vestido de manera elegante. Era el conde de Cañadas, y también el primo de Don Arturo, Roldán. Pero ni este ni su mayordomo habrían apostado a que era el mismo pues su gesto, congelado en el momento de la muerte, reflejaba una terrible mueca de terror que lo desfiguraba. Rígido, miraba al techo como hipnotizado, perdiendo la mirada en un punto que no le permitía desviarla. Y todavía permanecía con los brazos estirados tratando de protegerse algo o alguien. Pero allí no había nadie más.
      El mayordomo se acercó al cuerpo sin vida y cayó de rodillas ante él. Arturo también se acercó. No daba crédito a sus ojos. Hacía un momento estaba ávido de venganza y ahora solo podía sentir lástima por alguien que hubiera muerto de manera tan terrible como reflejaba su cara. Ante la pregunta del comisario, Arturo contestó que en efecto era su primo. Acto seguido fue Antonio, en su calidad de médico, quien se arrodilló a su lado y examinó el cuerpo. Cuando hubo terminado se dirigió al resto: “La ha fallado el corazón. No hay ni heridas ni evidencias de golpes, y a juzgar por su gesto – la rechoncha ama de llaves rompió a llorar interrumpiéndole. – Bueno… Ha debido ser causada por una fuerte impresión.”
      -¿Ha muerto de terror? – Preguntó incrédulo el comisario – Jamás he visto cosa igual. ¿Quién ha podido hacerle esto?
      -Diga más bien qué – dijo Arturo y se encaminó corriendo a la única ventana que había en aquel despacho, justo detrás de la mesa del escritorio. – Está cerrada, comisario. Y la puerta por la que entramos también lo estaba cuando dio su último grito. Nadie podía haber entrado, a menos que no fuera humano.
      -¡Ridículo! – Apuntó Herr Struder.
      -¡Oh Dios mío! – exclamó el ama de llaves apunto de desmayarse.
      Los dos agentes la cogieron de los brazos para que no se cayera.
      -Piénsenlo – continuó el ex-capitán. – Él dijo en el monasterio que estaba siendo perseguido.
      -¿Por quién? – Inquirió el comisario.
      -¡Pardiez! Ojalá lo supiera.

      Mientras los demás platicaban sobre esto último, Daniel, un poco impulsado por el horror que le producía mirar a aquel muerto y otro poco por la curiosidad que le siempre tenía, examinó la habitación. La chimenea, en la pared izquierda, estaba encendida, aunque era una noche suave. Era evidente que la había encendido con otro fin que el de calentarse y de inmediato temió que ya se hubiera deshecho del libro que contenía las pruebas contra el prior Don Rogelio. Al asomarse no encontró rastro alguno del libro, pero tampoco estaba seguro de que no hubiera arrojado el libro ya que las llamas podrían no haber dejado evidencia alguna de él. El profesor se volvió hacia el mayordomo que todavía estaba de rodillas junto a su difunto señor.
      -¿Cuánto tiempo llevará el fuego encendido?
      -¿Y qué importancia tiene eso? – Contestó sin embargo el comisario.
      -Es algo de vital importancia – dijo simplemente.
      El viejo mayordomo, con los ojos enrojecidos y un tono gangoso en la voz contestó que no lo sabía, pero que su señor llegó a la casa unos diez o quince minutos antes de que lo hicieran ellos.
      -Es poco tiempo – prosiguió el joven profesor. – Si hubiera arrojado algo al fuego aún estaría consumiéndose. Así que el libro y la fruta deben de estar por aquí, en alguna parte.
      -Entonces habrá que preguntarle al mayordomo – inquirió de nuevo el comisario.
Sin embargo este no sabía nada, al igual que la desconsolada ama de llaves. Roldán era un hombre reservado hasta el extremo.

      El comisario ordenó a sus agentes que ayudaran al ama de llaves y el mayordomo a cubrir el cadáver del conde. Mientras Antonio, Herr Nicolás, Arturo, el profesor Daniel y él mismo comenzaron a buscar por toda la habitación el libro y la fruta.

      -Me temo que aquí no hay nada – dijo el comisario dejando unos papeles de golpe en la mesa ya cansado de rebuscar en los mismos sitios. – Eso de ser cierto que existen.
      -¡Claro que existen! – Exclamó Arturo saltando como un resorte desde detrás de la mesa. – Si no está aquí es porque fuera lo que fuese que vio Roldán se los ha debido llevar.
      -Claro – contestó de forma socarrona el comisario. – Seguramente le robó el libro y luego atravesó la pared.
      -Puede que Arturo creyera que él tenía el libro – intervino Daniel – pero que en realidad sigan en poder del prior… Lo cual sigue sin explicar porqué encendió la chimenea si no tenía intención de quemar el libro.
      De pronto los ojos del profesor brillaron a la luz de las crepitantes llamas. En su mente se estaba fraguando una teoría descabellada, pero que sin embargo cobraba más sentido con cada nuevo acontecimiento que vivían.
      -Debemos ir a ver al prior – dijo finalmente.
      -Imposible – apenas hizo caso de aquella observación y acto seguido el comisario ordenó a uno de sus hombres que bajara al pueblo para dar parte de lo sucedido y traer una carreta donde llevarse al fallecido.
      -Pues en ese caso dígale a su ayudante que traigan otra para el padre Rogelio.
      Con aquello sí captó la atención del comisario.
      -Joven, más vale que me diga qué es lo que sabe.
      -Lo mismo que ustedes, pero cambiemos la manera de enfocarlo. Digamos que es irrelevante quién le haya hecho esto al conde, preguntémonos el porqué. Roldán salió del monasterio después de reunirse con el prior, Don Rogelio, y que Arturo les oyera confesar un asesinato. Poco después Roldán aparece muerto. ¿No nos dijo Arturo que creyó haber visto a alguien más esta noche en el monasterio? Recién confesado su crimen parece lógico que quien estuviera allí con Arturo escuchara también esa confesión y se nos hubiera adelantado.
      El comisario Ernesto se acarició la barbilla pensativo.
      -Bien, admito que si la muerte del conde ha sido un asesinato, la última persona con la que habló, máxime si confesó algo de ese calibre, esté también implicado. Pero, Daniel, y también os lo digo a los demás, no habiendo pruebas físicas – y remarcó esto último antes de que Arturo volviera a decir lo que él escuchó – nadie puede asegurar que lo que ha pasado aquí no ha sido fruto de la mala fortuna o capricho de Dios. Porque, y a pesar de lo que diga el señor Grove, nada demuestra en esta habitación que el conde haya sido asesinado. Y sin asesinato, no hay asesino que pueda atentar contra el prior. A menos claro, que la única autoridad competente en ese asunto diga lo contrario. ¿No es así, doctor Antonio?
      El interpelado se mordió el labio.
      -Sí, señor comisario, tiene usted razón. Nada indica que haya habido asesinado, no obstante lo que ha dicho Daniel…
      -Pues ya está todo zanjado – dijo de manera tajante. Giró sobre sus talones haciendo chasquear sus botas al juntarse como si fuera un militar, y con toda la pomposidad y arrogancia de la que podía hacer alarde salió de la habitación.
      Daniel tuvo claro que ya no podrían contar con la ayuda de la policía, a menos claro que encontraran la prueba que les faltaba.


Continúa.

domingo 15 de abril de 2007

El árbol del sueño (parte 14)




      El Conde de Cañadas era un hombre al que muy poca gente conocía en persona. Y es que apenas se mostraba en público. Sin embargo su nombre sí era conocido, y no era de extrañar ya que vivía en un castillo no muy lejos de Robledote y su servidumbre iba al mercado muy a menudo a comprar. Había rumores entorno a él, pero como suele ocurrir en estos casos ninguno tenía fundamento. Había quien aseguraba que sobre él pesaba una maldición que le impedía salir de día, aunque tampoco había nadie que le hubiera visto salir de noche. Otros aseguraban sin embargo que su aislamiento se debía a una terrible enfermedad que lo mantenía preso entre las cuatro paredes de su castillo. Para añadir más misterio al asunto ninguno de los sirvientes del conde sabían el porqué de su discreta existencia, tan discreta que incluso le obligaba a mantener su nombre y apellidos en secreto. Por todo eso era conocido como el conde ermitaño, y su título ya casi pertenecía más al imaginario del pueblo que a la realidad misma.
      No obstante, había tras esa fachada una realidad. No era enfermedad ni maldición lo que le mantenían escondido, sino la vergüenza. Tras varios años de bonanza en los que disfrutaba sin freno de las delicias de la vida tuvo que detener su tren de vida al regreso a España de su buen primo, el capitán Arturo. En una España deprimida en todos los sentidos nada podía la corona ofrecer a los líderes y soldados de su ejército más que las gracias por haberles servido. Lástima que de eso no pudieran alimentarse, y con la esperanza en su corazón de recoger lo que al menos había cosechado en su tierra, Don Arturo volvió sin nada más que un puñado de monedas y su traje de capitán enfundado en su esbelta figura. No encontró nada de lo que allí hubo dejado. Sus tierras de labranza eran pastos donde los animales pisoteaban su tierra, la gran hacienda donde él mismo había nacido estaba cambiada, fruto de varias reformas que un ganadero rico le había hecho cuando se adueñó de ella. El nombre del que se la vendió se perdió en el tiempo, y nadie antes que él había preguntado su identidad. Solo se sabía que le urgía vender y al actual propietario le daba igual quién se lo vendiera. Tampoco supo quién vendió sus caballos, nobles animales que su familia había criado con cariño, al igual que un corral e incluso un viejo palomar, que entonces ya solo eran ruinas.
      El conde temía que su primo, al verle, reclamara lo que era suyo y le quitase su nuevo castillo. Por eso se escondió, y entre los muros de su propio castillo empezó a ser cada vez más precavido, hasta terminar siendo paranoico. Tal vez sí estuviera enfermo y maldito después de todo.

      Sobre la loma de un monte bajo, con los rayos de la luna brillando en sus almenas, el pequeño pero bien cuidado castillo del conde de Cañadas se extendía ante los ojos de Daniel y sus amigos. Don Arturo se había sentado detrás junto a Herr Struder y ante la visión de aquel castillo se puso en pie y murmuró algunas palabras de venganza que ninguno alcanzó a comprender.
Antonio azuzó a los caballos y la carreta ganó algo de velocidad. Nos estábamos aproximando al lugar donde ocurriría un terrible reencuentro. El de Arturo y Roldán.

      Antes incluso de detener el carro junto a la puerta del castillo Arturo ya había saltado de él y se encaminaba hacía ella muy estirado. El comisario Ernesto le detuvo antes de que se pusiera a aporrear la puerta. Fue él mismo quien llamó. Un hombre mayor, delgado y con poco pelo blanco creciéndole a modo de corona alrededor del cráneo salió a nuestro encuentro.
      -¿Quién va a estas horas?
      -¡Dígale al conde que su primo ha llegado! - Dijo Arturo sobre el hombro del comisario.
      -Soy el comisario Ernesto – intervino éste - ¿Puedo hablar con el Conde?
      El mayordomo, a pesar de ser el encargado de llevar las cosas del hogar y de intermediar por él con los ganaderos y agricultores de la zona, era uno más de los habitantes de la zona. Quiere esto decir que ni sabía el origen de su señor ni su verdadero nombre. No obstante le era fiel y guardaba su discreción sin hacer el más mínimo comentario. Por supuesto también era obediente.
      -Lo siento pero el Señor se encuentra ausente en estos momentos por motivos de negocios – dijo de forma tajante.
      -Imagino que en esta casa se limpian los jardines a diario, ¿me equivoco? – Dijo entonces Daniel con suspicacia. El anciano se sintió ofendido.
      -Sí, exactamente.
      -Entonces las heces de caballo que veo junto al lateral del castillo deben ser recientes. Juraría que incluso las huellas de caballos y la de las ruedas de un coche tirado por ellos también lo son.
      Ahí se vio sorprendido el mayordomo, que aunque fiel, no lo era tanto como para encadenar varias mentiras seguidas delante de un comisario de policía.
      -Sí, bueno… - comenzó diciendo. – Es el coche de caballos del señor.
      -Luego el señor está en casa – se aventuró a decir el comisario.
      -Yo no he dicho eso...
      -Pero a mí me basta – y haciendo uso de su autoridad el comisario, que no era famoso por su paciencia, entró en el castillo. Y tras él todos los demás.
      Desbordado el pobre anciano no tuvo más remedio que pedirles que esperaran, y acto seguido corrió por el ancho hall hasta las escaleras al fondo del mismo. Cuando estaba subiendo, aún a la vista de Daniel y el resto, un grito de terror rompió el sepulcral silencio del castillo. El anciano se detuvo, luego echó a correr y todos oyeron cómo aporreaba una puerta allá arriba.       Una mujer rechoncha apareció tras una puerta a la derecha del hall, era la dama de llaves. El anciano asomó su cabeza desde la balaustrada a lo alto y la llamó corriendo. Algo ocurría, aquel grito no era natural y con toda la autoridad que le confería su rango el comisario y sus dos ayudantes salieron detrás de la mujer. También hicieron lo propio Daniel y los demás. Subieron las escaleras y tomaron un pasillo ha su izquierda. Tras un puerta de roble el mayordomo llama a gritos al conde, el cual no respondía.

Continua.

sábado 14 de abril de 2007

El árbol del sueño (parte 13)




      El ruido de la carreta y los incesantes grillos eran lo único que se escuchaba en la noche mientras se dirigían al monasterio. Daniel iba sentado delante en el carro, al lado del doctor Antonio, que llevaba las riendas de los caballos. Justo detrás, sentado en la carreta, iba el corpulento banquero alemán, Herr Struder, quien se había empeñado en acompañarles. Por detrás de la carreta les seguían por aquel camino tres jinetes a lomos de corceles pardos. Eran agentes de la ley, un comisario y sus dos ayudantes, a quienes Don Antonio conocía desde hacía años. Este último les había explicado la situación. El robo y agresión que había sufrido Daniel eran algo grave, pero que esto lo hubiera podido realizar alguien del monasterio y que encima pudiera estar involucrado en un asesinato perpetrado años atrás les parecía descabellado, sobretodo al comisario Ernesto, que era muy religioso.

      Desde que salieran de la posada despedidos con cariño por Doña Josefina y sus hijas, Daniel no había dejado de darle vueltas al asunto. Tenía la firme convicción de que, de haber sabido que el libro se encontraba en la biblioteca, Rogelio no les habría dejado tener acceso a él. Y sin embargo allí estaba. Sus pensamientos recalaron en aquel entonces en la sombra que creyó ver en el estrecho pasillo de la biblioteca. ¿La habría visto de verdad? ¿Se le habría caído a él el libro? Era demasiado extraño, parecía que esa persona o sombra hubiera dejado el libro a propósito para que lo encontraran. Y después desaparecer sin dejar rastro. Ya a los pies del monasterio le seguía dando vueltas a esa idea cuando de entre los matorrales a un lado del camino una sombra alargada salió al encuentro del carro.
      -¡Detenga el carro! – dijo, y aquella voz les sonó familiar de inmediato.
      -¡Arturo! – contestó el rechoncho doctor. - ¿Dónde os habíais metido?
      Pero este no escuchaba, tenía en su mente bullentes ideas en las que se mezclaba el extraño suceso del hombre que se había arrojado al vacío y los deseos de venganza y justicia hacía su primo. En ese momento de confusión reconoció a Daniel al lado de Antonio y corrió hasta él. Se subió al carro y le dio un fuerte abrazo.
      -¡Por todos los santos, está usted bien! ¡Pensé que le podrían haber hecho algo!
      -Lo intentaron pero ya ve que no se me detiene así como así.
      -Es cierto – intervino el doctor – su cráneo es duro como un casco de minero. Muy buenos parietales, sí señor.
      Daniel no se sintió ofendido ante aquella observación sobre su cabeza, muy al contrario ya sabía lo fanático que era el doctor de su trabajo y eso le divertía. Herr Nicolás se asomó desde detrás de la carreta.
      -Déjense de hacer el necio y entremos ya al monasterio – hizo florecer su vena práctica el banquero. – Además ya voy teniendo frío.
      -Un momento – interrumpió Arturo. – Antes de nada decidme si habéis visto a alguien más salir del monasterio – pero los otros negaron con la cabeza. - ¡Pues no lo entiendo! – alzó la voz.       – Yo he visto a alguien caer… No, miento. He visto a alguien arrojarse desde lo alto (señaló con el dedo las ventanas del piso superior) cuando trepaba por la cornisa…
      -¿Ha dicho que trepaba usted por la cornisa? – inquirió el comisario Ernesto que se había acercado para ver de qué iba todo aquello.
      -Sí – contestó sin detenerse a pensarlo, embargado aún por lo sorprendente del asunto – desde lo alto le vi caer con mis propios ojos.
      -¿Y qué se supone que hacía usted ahí arriba?
      -Pues yo… ¡Desenmascarar a un asesino! – dijo al fin encarándose al comisario. No estaba Don Arturo para que le acusaran en aquel momento. – Y en verdad le digo que ese prior y el mal nacido de mi primo han estado confesando su crimen. Así que vayamos a arrestarlos ahora mismo.
      -Veremos si no es a usted a quien arresto – le dijo con bravuconería. – Entrar sin permiso al amparo de la noche en un monasterio es un delito.
      -¿Y no lo es un asesinato? – Contestó indignado Arturo - ¿Ni un robo o fraude?
      -No cuando no hay pruebas de ello.
      El ex–capitán quiso contestar pero el comisario tenía razón. Al huir Roldán con el libro no tenía nada con lo que demostrar que él y Rogelio habían asesinado al padre Efigenio.
      -Uno de ellos ha huido con las pruebas – confesó con amargura.
      -No con todas – dijo Daniel sacando de su bolsillo la carta de Arturo a Roldán que habían encontrado dentro del manuscrito. – Como el comisario ya ha leído la carta no es necesario decirle que si Roldán siguiese vivo y le encontramos tendríamos con ello prueba suficiente para acusarle de apropiarse de manera indebida de los bienes de Arturo. ¿Me equivoco?
      El interpelado reconoció que tenía razón.
      -Está bien. Pero nada de esto servirá si no encontramos al tal Roldán. Y dudo que si en estos años nadie lo ha hecho alguien vaya a hacerlo ahora.
      -En eso se equivoca, comisario – le contestó Arturo con tono triunfal. – Nadie más que Efigenio y yo le conocíamos porque había pasado largo tiempo en las campañas del extranjero. Por eso le fue fácil cambiar su identidad nada más arribar a España, y con mi dinero comprar el título de Conde de Cañadas.


Continúa.

viernes 13 de abril de 2007

El árbol del sueño (parte 12)




      Sintió cerrarse la puerta del despacho y pensó que en ese momento podría salir de la habitación, pero entonces escuchó los pasos de Don Rogelio dirigiéndose a su dormitorio, donde él se escondía. Se levantó de un salto y comprobó que no había ninguna otra puerta. Encontró sin embargo la ventana y salió por ella a la calle llevado por un impulso que no pudo controlar. Quedó así pues de pie sobre la cornisa y con la espalda pegada a la pared. Afuera el frío de la noche le mordía la piel y la piedra de la cornisa a penas medía lo que de largo sus botas, una situación muy peligrosa teniendo en cuenta que desde ahí habían lo menos diez metros de caída.
      Buscó con la vista otra ventana anexa por la que volver al monasterio, y la primera que encontró fue la del despacho del prior, pero estaba cerrada. Al asomarse tuvo tiempo de ver que la fruta ya no estaba. Roldán se la había llevado, junto con el libro, para hacer desaparecer las pruebas. Debía darse prisa si quería recuperar el libro por lo que continuó deslizándose con la espalda pegada a la pared por la cornisa. De pronto se detuvo. A su derecha, a escasos diez metros de él, la sombra de otro hombre permanecía inmóvil pegada a la cornisa. Arturo se sobresaltó tanto que apunto estuvo de perder el equilibrio. Se frotó la vista con ambas manos y al volver a mirar aún estaba allí. Por un momento creyó que el otro hombre se volvía para mirarle, pero ninguno dijo nada. Tras unos momentos de tenso silencio Arturo decidió acercarse a ese hombre, a fin de cuentas ya le había visto, pero nada más dar un paso hacia él este se inclinó hacia delante. El ex-capitán tuvo que contener un grito cuando aquel otro se dejó caer aplomo en el vacío de la noche. Un golpe seco y después un silencio sepulcral, eso fue todo lo que oyó Arturo, con las piernas tensas sobre la cornisa y los ojos abiertos como platos y perdidos en el abismo que se abría bajo sus pies.
      No supo cómo reaccionar hasta que pasados unos minutos una luz surgió del valle. Pronto el ruido de un carro tirado por caballos se abrió paso en el silencio de la noche. Arturo decidió darse prisa, tal vez aquellas personas pudieran ayudar al hombre que acababa de caer, eso en el supuesto de que siguiera vivo. Luego podría pedirles algún caballo para salir en busca de su primo, pero para ello primero tenía que bajar de allí. Siguió palpando la fría pared con sus manos intentando encontrar una ventana pero cuando por fin encontraba una esta resultaba cerrada. A la tercera ventana supuso que había llegado a donde aquel tipo se arrojó al vacío pero seguí sin escuchar lamento alguno. Atendiendo a la manera que había tenido de caer, lo más seguro es que se rompiera el cuello. Iba a continuar palpando la pared cuando su mano tocó una rama y abundantes hojas. Era una enredadera que había ido creciendo pegada a la pared del monasterio llegando al segundo piso. Él, que era un hombre de innegable agilidad, no dudó en ponerse sobre ella y usarla para bajar. De niño e incluso ya de adulto se había acostumbrado a trepar a los árboles, máxime cuando la necesidad lo imponía, por lo que aquello no le suponía ningún reto. Y sin embargo, al llegar al suelo, su cuerpo se estremeció. Pues allí donde debería haber un cuerpo tendido en la negra tierra, no había nada.

Continúa.


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